La belleza mortal ,

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Si exceptuamos parte del catálogo de William Shakespeare, John Donne, Emily Dickinson, Ezra Pound, Hart Crane, Dylan Thomas y John Berryman, nos encontramos ante el poeta más enrarecido y demandante de la lengua inglesa (Dámaso Alonso, uno de los traductores de este volumen, llegó a afirmar que “Las dificultades de la traducción de Hopkins son insuperables”). Sus rasgos estéticos, descritos así por Elizondo, bastan para desanimar a los curiosos: “uso exhaustivo de aliteraciones, rimas internas, repeticiones, reiteraciones, énfasis arbitrarios y onomatopeyas significativas o expresivas, elementos que ensartados como cuentas en el sutilísimo hilo de la ilación narrativa o descriptiva obtienen para el poema una continuidad rítmica de rara belleza o intención”.

En La belleza mortal se ofrecen versiones que procuran seguir el consejo de Cernuda y atender la observación de Murgia sin sacrificar la melodía, omnívora y jadeante, del verso hopkinsiano: tres de Alonso, incluidas en Seis poemas de Hopkins (1949); cuatro de Valente, recopiladas por Alonso mismo en una Antología de poetas ingleses modernos (1963); la extensa de Elizondo, impresa por primera vez en la revista Vuelta (1978) y luego editada como libro (1980, 1999 y 2007); y, finalmente, trece nuevas de quien esto escribe —un par en colaboración con Nahuel Lardies, y dos más con Lucas Brockenshire.

 

De la “Nota sobre las traducciones” de Hernán Bravo Varela