Disparó el arma ,

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Una necesaria bocanada de alegría mitiga la certeza de que “la muerte es el fin” en los versos de Mariné Petrossian. Cada poema de Disparó el arma –edición bilingüe de la editorial Audisea, con traducción de Alice Ter-Ghevondian y prólogo de Ana Arzoumanian– es el lugar “donde se encuentran todas las cosas perdidas”, el espacio que conjura el drama con la ironía, sin borrar la vibración lejana de una tristeza. “La desgracia/ saltó/ desde la calle lateral/ sin ladrar/ muda y rápida/ saltó y se paró/ justo en frente de mí/ me está mirando/ las orejas son grandes/ se amusgan/ bajo el sol/ por lo visto no tiene intención/ de comerme/ quiere que le acaricie/ no sabe que/ a mí no me gustan los perros”, se lee en uno de los poemas. A la Petrossian adolescente los fantasmas la asediaban sin darle tregua. La poeta armenia, que visitó por primera vez la Argentina para presentar su libro en la Biblioteca Nacional, tiene un aire a Liza Minelli con esa sonrisa amplia y contagiosa en la que disuelve la desesperación y los dolores del pasado.