Azor (11)
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    El baile de las condicionesde: Óscar de Pablo

    Supongamos que hubiera un libro que fusionara el arrojo de la vanguardia con el entusiasmo por la innovación formal de los Siglos de Oro. Que trabajara con una especie de furiosa artesanía modernista materiales provenientes de la historia, de la actualidad política. Un libro en el que la poesía fuera una celebración sagrada, pero también un instrumento panfletario. Un libro que en estos tiempos de abulia existencial nos hiciera sentir la fuerza de la poesía, su pulso vivo. Pues bien, ese libro, ese milagro, existe: lo tiene usted ahora entre sus manos. Ábralo con tanta voracidad como cuidado.

    Alejandro Crotto

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    Canto fijode: Fernando Herrera

    Si el pasado debe ser recordado desde el punto de vista de los vencidos, entonces leer Canto fijo es buscar ese punto donde los hechos vuelven a decirse en la voz de los caídos. Esa voz recoge el autor, para anunciarla a sabiendas de una justicia imposible, pero en el ánimo, con el ánimo de esa justicia. Es indudable, hay un hecho de justeza en el poemario de Fernando Herrera. No solo hablamos de la temática del libro, que recoge la herencia judeo-cristiana y su paso por esta parte de mundo occidental, sino que, en palabras concisas, más bien justas, Herrera logra tomar esa voz que la historia olvida. La historia olvida siempre que dice “así fueron las cosas”. Los poemas de Canto fijo reclaman: “así dejamos que fueran”, “así no debieron ser”.

    Lxs editores

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    Crudasde: Paz Busquet

    No es casual, el primer poema Amor a los 5 nos habla de una experiencia fuera de término: una escena de sexo a los cinco años de una niña. El último poema de la última serie, concluye: “Y yo sin un ritual, sin religión”. Paz Busquet pareciera hablarnos otra vez de una experiencia fuera de término: algo que está de más o de menos ―en su vida, en la vida― algo que no es posible digerir con este cuerpo tal y como se lo tiene. Demasiado pequeño, demasiado mujer, demasiado animal. Leer Crudas es ir a un demasiado. Leerlo en palabras jóvenes, y por qué no, casi inocentes.

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    Siguiente vitalidadde: Natalia Litvinova

    ¿Qué dosis de extranjería podemos recibir? Si leemos desde acá, Siguiente vitalidad nombra extrañas palabras: Gómel, Chernóbil, Prípiat. Palabras lejanas, que dichas por Natalia, se arriman sin tocarnos. Hay una ofrenda en la poesía de Litvinova y hay, a la vez, una distancia infranqueable. Hay una promesa y una retraída. Lo vemos en sus paisajes, la autora escribe: “O mejor el bosque, donde hay flores, hongos/ radiación y casi no hay recuerdos.” Este ofrecimiento idílico se interrumpe de improviso por la historia de un país ―hoy en día― desaparecido. Bielorrusia rompe la lírica del poema, trae la extranjería que pedimos; sí, pero contada dulce, dulcemente.

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    Lo atenuadode: Javier Galarza

    “Tu nombre, como nada en nadie más”, Javier Galarza termina más de un poema así. Remate que vemos aparecer en otro de sus libros. Queremos decir, remate que insiste, que cobra el lugar de una insistencia: yo y tú. O más bien: tú entonces yo. Galarza antepone un tú, un tú cualquiera; ese, alguien, alguno, al menos uno, para decir luego “Mendigo yo. Extraño yo.”

    “Alguno es el que queda cuando ya no hay nadie” escribe Blanchot, autor que Galarza cita en el epígrafe de Lo atenuado. Esa textualidad entonces. Al menos alguien y luego el mundo.

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    De la materia en forma de sonidode: Óscar de Pablo

    Alcanza un poema para que todo el materialismo de Óscar de Pablo increpe: “Patroclo en Chinameca”. De Pablo reescribe la tragedia al retomar el emblema de la guerra trágica: Troya. ¿Pero cuál es la verdadera tragedia?

    Para el poeta está claro: fue Patroclo, amante de Aquiles ―breve y espléndido como los héroes y los amantes―, la tragedia fue él. “Pero ocurrió tu ego al poco tiempo, como ocurren las grandes / derrotas de la historia”. Unos versos antes, el poeta ya anunciaba: “¿Quién te iba a dar permiso ―a ti― de ir a la guerra? Y desde luego que me fui contigo…”. Ese muchachito precoz que Aquiles llevó consigo para el amor más que para la guerra, para el esplendor más que para la historia, para él más que para los aqueos, fue Patroclo, que en la versión de de Pablo, dice:

    “Y me vestí la plata de tu traje de charro”… “La vestí enamorado, toda esa plata tuya”… “Porque a mí me mataron para que tú lloraras. No para que llorara mi madre ni mi pueblo. Pues nadie sabe el nombre de mi madre. Pues nadie sabe el nombre de mi pueblo”.

    Acá está el hilo que desenvuelve la tragedia que saca a la luz de Pablo: ni la muerte de Aquiles, ni la de Héctor, ni la Helena robada, ni su sombra: la tragedia son las tantas carnes que se fueron con el ego de uno. El individuo ―que bajo el manto del héroe― arrasa las historias y oculta con su lumbre los desahucios de los pueblos.

    “Saben el nombre de tu carne morena, saben el nombre de tu olor a montura (…) Aunque fuera mi cuerpo el que caía en el polvo, cuando el tuyo caía, digamos, en Criseida”.

    Como las crisis actuales del capitalismo ―que según dicen― nunca las sufre el capital, sino los pueblos, así las guerras de antaño en manos de un héroe, Aquiles, la bella Helena o quien fuere que en su nombre se monte el destino del pueblo, las sufren los que para esa guerra no tienen más que su propio esqueleto:

    “Porque el guapo eras tú, y el de la noble rabia, mientras yo no tenía más que el pellejo y eso fue lo que di”.

    Si quisiéramos encontrar la lectura materialista que revela la tragedia de aquellos que solo tienen su fuerza de trabajo para ofrecer al mercado, nada indica que el poema de de Pablo no pueda ser leído bajo este lente. Las batallas heroicas que Homero narró, de Pablo las actualiza al verlas ―lejos del esplendor heroico― como el desastre que se repite en la historia:

    “Han de llorar por ti, mi general. Han de llorar por ti, mierda de siglos. Por tu carne morena, por tu olor a montura”. Y ahí nomás, agrega:

    “Pero todos los reyes, aún los más pequeños, han nacido cobardes (…) demasiado cobardes para el anonimato”.

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    In memoriamde: Raúl Zurita

    In memoriam: literalmente hacia la memoria. Expresión que demanda en su uso habitual, aquí omitido, un complemento genitivo; un quién, en memoria de quién, de quiénes. Al igual que INRI, otro título de Raúl Zurita, In memoriam es una expresión fúnebre que ha sido grabada sobre miles de cruces y tumbas a lo largo de la historia de occidente. In memoriam: a todos los muertos, dicho en una lengua muerta.
    Si el olvido es imposible, como ha dicho Zurita, entonces este poemario es una respuesta a las políticas de la desmemoria con las que ha comenzado el nuevo milenio. El primer poema, titulado “1973”, abre con la imagen del golpe a Allende. Y sobre esa historia chilena se superponen los recuerdos más dolorosos del poeta, que van desde la muerte temprana de su padre hasta el recuerdo del día en que abandonó a sus hijos. Más allá de estos dos espacios de la memoria yace un tercero: el trasfondo histórico en que son contemporáneas todas las dichas y desdichas humanas, incluidas las de Chile y las del propio poeta. Así, el cautiverio del pueblo de Joaquín de Judá en Babilonia se repite en los estadios de Chile, y un chileno cualquiera, como el Caronte de Dante, es el encargado de cruzar a los muertos a través de los ríos del Infierno.
    Uno de los hallazgos de este libro es haber dado un nuevo sentido al epitafio. En In memoriam, no son solo los vivos los que les escriben a los muertos: son también los mismos difuntos y amores pasados los que retornan, como fantasmas en la vejez del poeta, para hablar una vez más. Es por eso que este puente vivo, este Memorial del Dolor es sin duda uno de los poemarios más íntimos y duros de la obra de Raúl Zurita.

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    Las ciudades de aguade: Raúl Zurita

    Alcanza ver el poema 6 de las serie Las ciudades de agua para que salte a la vista la potencia de las preguntas que despierta este libro:

    Las ciudades de agua en tus ojos. ¿Son las ciudades de agua los ojos azules de Paulina Wendt, la mujer del poeta? Las ciudades de agua en Berlín. ¿Es Zurita en Berlín el año que vuelve a escribir después de mucho? Cierras entonces los ojos y empiezas a escribir algo solo por quieres oírla decir lo que siempre quisiste que te dijera. ¿Es Raúl Zurita solo en un departamento de la DAAD en el año 2002 tecleando de nuevo unos poemas después de una manifestación callejera? Tú también has salido y las figuras siguen en el puente como si se hubieran congelado. ¿Son los amantes del puente de Sarajevo en el año 1993? Es un puente a la salida de Sarajevo. ¿Son Admira Ismic y Bosko Brkic muriendo juntos en el puente de Vrbanja? Es un puente a la salida de Sarajevo. ¿Son Romeo y Julieta una vez más?  En la fotografía no se ven los rostros solo los cuerpos muertos y las manchas de sangre o de alquitrán sobre el pavimento. ¿Es la fantasía de una muerte que podría ser la suya y la de ella? Hay una forma perfecta para morir, pero no quieres morir.¿Es el poeta que está lejos y extraña?  Tú estás lejos y yo he comenzado a escribir. ¿Es el lector que agarra este libro porque también, de alguna manera está lejos?Siempre que se dice tú se dice algo que se pierde.

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    Litoral Centralde: Diego Alfaro Palma

    Tres cosas pasan en  Litoral Central: un amor por lo simple, un amor por lo poco o lo que podría no estar, y una política que reúne esas dos cosas en forma de decisión. La decisión de que cuando todo marcha a paso progreso, aparezca el verso “la política acuerda una hidroeléctrica” o “tan necesario como mantener una cuota de rencor contra los gimnasios”. Sorprende que esos versos —tan universales, tan conscientemente políticos— están a la par de detalles como este: “Te digo hay robles peumos y boldos para regenerar la tierra / y una flor de azar me respondes una flor de azar una flor de azar / y me calmo.” Oímos al poeta traer las voces de los barquilleros, de los derrotados, junto con las experiencias de la intimidad amorosa en toda su gravedad y su gracia. Se ve en la devoción de este verso: “danos la fe de aguardar la lluvia para las verduras”. Verso que sin la línea anterior sería otro poema y otro escritor: “perdona a esos industriales que no saben lo que hacen”.Litoral Central  amadrina lo personal pero lo diferencia de lo privado, nos muestra lo íntimo pero lo diferencia de lo individual y eso hermana al lector con el libro y con una esta región que podemos llamar Sudamérica.

    Pero algo especial pasa también en el poema “En el Bauen”. Nos recuerda a Gertrude Stein diciendo:  a rose is a rose is a rose is a rose , aunque en una versión distinta, quizá más vívida: una flor —de azar— y el alivio por esa flor —que por azar— y de azar — llegue y sea. Y el alivio también porque al repetir la frase, el mismo verso se pone a rezar. Habla igual a las plegarias:una flor de azar, una flor de azar…  un poco como pidiéndola y un poco como agradeciéndola. Y eso calma al verso y al lector, y eso, como dice el epígrafe del libro, nos devuelve al verano.

    Todo el poemario es una progresión de sinfonía. Después de leer el poema “Litoral Central” y pasar a la Coda, baja de un éxtasis de derviche o del canto general a las cosas y a los “pues compañeros”, hacia un final que termina pianísimo. Como apaciguando toda la revolcada del Litoral y devolviendo el aliento. Hay algo claro:  Litoral Centrales y ofrece una mirada sobre las cosas. A eso lo llamamos su ontología: una mirada que le hace una piedad a la realidad que tenemos. Y una piedad que le acaricia el lomo a la vida.

    Lxs editores

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    Siguiente vitalidad 2da ed.de: Natalia Litvinova

    ¿Qué dosis de extranjería podemos recibir? Si leemos desde acá, Siguiente vitalidad nombra extrañas palabras: Gómel, Chernóbil, Prípiat. Palabras lejanas, que dichas por Natalia, se arriman sin tocarnos. Hay una ofrenda en la poesía de Litvinova y hay, a la vez, una distancia infranqueable. Hay una promesa y una retraída. Lo vemos en sus paisajes, la autora escribe: “O mejor el bosque, donde hay flores, hongos/ radiación y casi no hay recuerdos.” Este ofrecimiento idílico se interrumpe de improviso por la historia de un país ―hoy en día― desaparecido. Bielorrusia rompe la lírica del poema, trae la extranjería que pedimos; sí, pero contada dulce, dulcemente.

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    Un asterisco Poloniade: José Kozer

    Ir por los tiempos donde no se estuvo para buscarles las palabras y entonces quedarse —como quien dice: a pasar la noche— en el tiempo que nos toca. José Kozer salta, al mejor estilo paratáctico, de un momento a otro: no solo el contenido de sus poemas viaja en las épocas, son también los usos del lenguaje los que llevan al lector de un español antiguo “oh muchachos al galope ved” hasta el uso de un inglés ex machina: “a) coprolitos, b) copyright, c) kozer josé.”

    Un asterisco Polonia es un poemario escrito por un cubano expatriado que vive actualmente en Estados Unidos y lleva la lengua —perdida, por eso mismo poética— de Chéjonov, la aldea natal de su padre en la frontera con Ucrania, pueblo que más tarde los nazis destruyeron hasta volverlo inexistente.

    La migración de Kozer es doble: desde el niño que comienza a escribir en el cuarto con muebles de caoba durante las horas muertas en La Habana, hasta el hombre que lleva al día de la fecha más de once mil poemas escritos. Pero también la escritura de José migra del yiddish al cubano y del cubano al inglés, que es como decir: de las rémoras de la guerra en Polonia, pasando por esa Cuba en plena estampida revolucionaria hasta las fauces mismas de occidente. Recordemos del latín occidens: el que mata y el que muere.