Palabras de Daniel Lipara sobre Aprender a Dormir de John Burnside
En diciembre 20, 2017 | 0 Comentarios

Una visión de conexiones:

sobre la llegada de Aprender a dormir, de John Burnside

 

            Nada es casualidad en la gran rueda del ser, transcribo en el cuaderno. Estoy con Florencia en una playa, Las Gaviotas, un día después de que John me enviara estos poemas. Ayer murió Walcott. El departamento está rodeado de acacias y construcciones abandonadas, a medio hacer. Y más allá, los pinares. Es marzo, el mar está frío, no hay turistas. Salimos temprano a caminar por el bosque y la playa desierta. Flor me cuenta qué pasa en Salem’s Lot de Stephen King, –me actualiza día a día la lista de los caídos y los vampiros– y yo le leo las primeras versiones, estas primitivas páginas que tienen una sintaxis rara y porosa, entre el inglés y el castellano. Y a la noche vuelvo a la cama desvelado, murmurando versos que pasan a toda velocidad, difusos, como ese animalito que vi correr al borde de la ruta desde el micro. Este libro tiene para mí el olor y el sabor de todo esto; de ese lugar y ese clima; de esa naturaleza que te inquieta porque está cargada, el eco remoto del King, esos últimos días de duelo por mi padre y la alegría de vivir en estos versos. Todo vuelve ahora. Como en la poesía de John Burnside, lo sagrado es un fenómeno local. Siempre.

Este libro comienza con un gato muerto. Un chico y su padre están cavando un pozo en el jardín para enterrarlo. Pero la tierra es difícil y dura, igual que el duelo. Después le siguen niños jugando a estar muertos, madres que vuelven de la muerte, elfos que te roban a tu hijos y se lo llevan al bosque, fantasmas de ancianas, autorretratos lisérgicos, hay hombres-zorro, mujeres-pantera, argonautas-evangelistas; Rimbaud, almas externadas en flores; Blancanieves y el cazador; hospicios, playas, bosques y jardines. Y todo termina o comienza con el árbol de la vida, que es una encina como estas que están acá, las de mi amigo Ernesto Sardi.

En estos poemas se abren extensiones inciertas, límites rurales en pueblos de provincia, un campo abandonado con un lago donde –dicen– pasea todavía el espectro de un nene que se ahogó hace años… Hay jardines domésticos que dan a descampados, a bosques silvestres, a tierras de nadie. No vivimos en Escocia, pero sí tenemos los terrenos baldíos de la ciudad, llenísimo de plantas salvajes y de gatos y de ratas. Este es el escenario de la revelación. Ahí adentro el cazador de epifanías practica el arte de indagar. Su obsesivo sondear la ausencia y la presencia de su presa, lo velado y develado en un espacio abierto de posibilidades, un lugar que limita con algo más que plantas y animales.

El día cae. El cielo es un filo difuso entre la tarde y la noche. Hay una promesa de nieve en el aire. Capturado por la red de interconexiones de la naturaleza, el cazador deambula a pie o en auto. El ojo está alerta, la mente cavila. La experiencia inicial se disuelve, va desbordando la frontera del sí mismo. Un matiz de neblina, una ligera densidad de luz se vuelve el centro de su atención, como si hubiera de repente una vecindad, una hermandad con lo sutil del clima. La mirada transita y se concentra, la atmósfera se carga y el poema transfigura el espacio en un hábitat para la aparición. Hay un momento de inminencia, de lapso, de umbral. Los narcisos se vuelven más amarillos, los huesos se sienten pesados y algo fugaz parpadea en la cornisa de la mirada. Y de golpe ese rastro nebuloso estásiendo algo más: ángeles, náyades, muertos, espíritus, fantasmas que se espesan en el tejido de la luz para volver. Para encontrarnos.

La poesía de John Burnside reside en estos esbozos de trascendencia. Partiendo de la experiencia y la memoria, el poema se ofrece como un espacio de contacto, de continuum, de flujo entre un sí mismo y las flores, los pájaros, los muertos. Hay una interanimación entre el lugar y el espíritu de las cosas. Los límites de lo terrestre y lo sobrenatural son imprecisos, y por lo tanto te inquietan. Por ejemplo en Indeleble, que comienza con la lluvia espesándose mientras en la cocina el fantasma de su madre muerta hace cuarenta años está cortando un corazón para la cena. ¿Cuál es el hilo que conecta la osificación del aire invernal con el retorno que no se desvanece y un recuerdo de infancia y las leyendas locales de apariciones y el cuadro de la silla vacía de Van Gogh? Porque todo eso está en el poema. Porque el poema está en todo eso. La poesía de Burnside es holística, nos propone una visión de conexiones. Y esto tiene que ver con un dato biográfico: hablamos un poeta que padecía –y aún padece– algo llamado apofenia, que es el fenómeno mental de ver patrones y vínculos entre sucesos aislados, aleatorios, y que fue definida –cito– como un “vínculo entre la psicosis y la creatividad”. Psicótico o no, este fenómeno agrieta la superficie de lo cotidiano con un destello de geometría y lleva al poeta a un discreto estado de rapto. Diluido el límite entre el mundo de los vivos y los muertos, del sí mismo y el ambiente, del sueño y la vigilia, lo que queda es una escala de grises de la transformación, como esas fotos del mar de Hiroshi Sugimoto. Y un sentimiento de unión mística, un aliento espiritual. Como si Burnside transitara una vía negativa no para renunciar a la experiencia sensible de las cosas ordinarias, sino al contrario: para sublimarlas; para sintonizar, para vivir, para asombrarse de la vida. Y de la muerte que también es vida.

En uno de los libros más hermosos y polémicos que leí en estos últimos años (La Diosa Blanca) Robert Graves se pregunta: “¿Cuál es la función de la poesía? –qué pregunta, ¿no?– La función de la poesía es la invocación religiosa de la Musa; la experiencia de exaltación y horror mezclados que su presencia excita, dice. Pero ¿hoy en día? La función y el uso siguen siendo los mismos, pero cambió la aplicación. Lo que fue una vez una advertencia de que el hombre debe mantenerse en armonía con la familia de las criaturas vivientes en la que nació, ahora es un recordatorio de que ha ignorado la advertencia, de que puso la casa de cabeza con experimentos caprichosos y de que ha arruinado a su familia. De que la serpiente, el león y el águila terminaron en el circo; en que el buey, el salmón y el jabalí, en la fábrica de conservas; el caballo y galgo a las carreras de apuestas; y el bosquecito sagrado en el aserradero. De que vivimos en una civilización en la que los primeros emblemas de la poesía han sido deshonrados.

           El tema central de Aprender a dormir es el duelo, dice Burnside en el prólogo que escribió especialmente para el libro. Pero los poemas no son sobre el dolor, sino sobre la disciplina mediante la cual el dolor se cura. Y esto no se limita al dolor de una perdida personal, sino también al que nace de la injusticia social, la contaminación, el racismo y el sexismo, los prejuicios nacionalistas… Y agregó yo: la vuelta al poder de la derecha, la brutal precarización de la democracia y el estado de derecho en América Latina, la pérdida de conquistas sociales históricas, la represión y la muerte; el dolor por el asesinato Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. ¿Qué nos queda para armarnos y nutrirnos cada mañana en esta lucha diaria –se pregunta este poeta– si no es la gracia de lo cotidiano en toda su riqueza? Burnside nos ofrece el don de una poética que se abre a un nosotros, que nos invita a meditar sobre cómo vivir en el mundo sin destruirlo y sin destruirnos, y que en definitiva advierte que no podemos sobrevivir si no aprendemos a comulgar con la vida que nos rodea. Para eso, él cambia la idea de lo dual –cuerpo y alma, hombre y naturaleza– por una lógica binaria, donde las dos cosas se complementan entre sí, donde no existe el espíritu separado de la materia. Ni viceversa. En Burnside la poesía es una alquimia que articula el proceso de vivir “como espíritus”, es decir, en conexión con la Tierra. Su obra recolecta y transfigura. Toma lo más humilde para redescubrirlo como la materia esencial, auténtica y vital de la vida.

Vuelvo a los días de playa cuando empecé a traducir este libro, y a los meses que siguieron, sumergido en la dimensión de este poeta, trabajando con él a la par, aprendiendo a trasladar –como diría Mirta Rosenberg– eso que hace que valga tanto la pena traducir estos poemas, traerlos acá, para todos, sin que lleguen muy cansados por el viaje.

Leave a reply