Palabras de Fernando Herrera en la presentación de Un asterisco Polonia de José Kozer
En junio 15, 2017 | 0 Comentarios

José  Kozer:  Polonia en  la  víspera 

 

José Kozer señala, aquí, «Polonia»: Un asterisco Polonia. Y nos preguntamos: ¿qué se escudriña allí, en ese país? ¿Por qué, por quién, volver (ir) a la tierra desaparecida del padre, rehacer la propia voz en los tíos calcinados; por qué, por quién, dar voz al viejo talmudista? ¿Qué se juega, y se arriesga, en tal disposición de la experiencia?

Toda conmemoración no afectada por la secular y hoy tan vigente memoria sentimental –narcisista, autorreferencial– soporta una pregunta indefectible por el porvenir del pasado, por el pasado del porvenir. Pues lo que el poeta pone en juego, al decir Polonia, es la misma posibilidad de nombrar, el lenguaje (palabra fetiche, hoy día, desafectada de toda ética-política). Algo tan simple, y tan decisivo: que la palabra y la lengua no estén perdidas de manera definitiva.El de Kozer, efectivamente, es el gesto de un cuerpo que se levanta de la muerte, y contra la muerte. Contra el exterminio. En un doble movimiento: ida a los muertos que, a su vez, es regreso a los vivos.

Pero, ¿qué desmesura conmueve al poeta en su busca de lo perdido? ¿Qué relación encuentra José, como se pregunta el filósofo español Reyes Mate, entre «el sentido de la vida arrancada a los muertos y el destino de los vivos»[1]? En el poema «Divagaciones del Talmudista» leemos:

 

No tropezar, los adoquines están levantados:
atención, bajar la mirada
aparece un pope (cruz en
alto) mucho cuidado con
los topos el puercoespín
caso de refugiarse, en los
bosques: paz, ardan las
estufas por el bien de
todos (1881) advertir
a los hijos contra los
libertarios, su jerigonza:
jerigonza sólo aquélla
dirigida al Altísimo.

 

 

Un asterisco Polonia actualiza los antiguos Memorbücher,martirologios judíos que en la Edad Media europea evocaban el «shabbat negro» de la persecución, la clandestinidad, la destrucción. Un deber de memoria que, aun encarnado en la propia comunidad, no remitía a la nostalgia, ni a la parcialidad del propio pueblo. En Deuteronomio, 32:7:  

Recuerda (zekhorna) los días de antaño: repasa los años de generación en generación,        interroga a tu padre y él te contará, a tus ancianos y ellos te hablarán.   

La memoria profética, a la que se encomienda quien escribe pues que le es dado el lenguaje, hace indisoluble el destino de los muertos y la vida de los vivos: la recordación que pende de un hilo, y se enmaraña incluso en el humor, la ironía o el absurdo, reconoce que los derechos pendientes de las víctimas son fundamentales para la felicidad de los vivos. Hay aquí un vencimiento de la temporalidad de lo siempre igual en la que solo el milagro, su posibilidad, es signo decisivo de transformación. ¿Dónde, si no en el milagro, se condensa en efecto la posibilidad de lo totalmente otro?

Por ello, Un asterisco Polonia es, dicho de otro modo, un poema de la locura. De la locura de la increíble resurrección. En «Epitafios», Kozer:

No puede ser.
Estamos todos en nocturnidad:
la voz, vivir
esquivándonos
y esquivando
(remedo de
nuestra relación)
la muerte: bah,
decías, y tienes
toda la razón.
Estabas claro,
tenías miedo
(eso es todo),
pero estabas
claro, marcado
por aquel
nacimiento
tu extrema
falta de
resurrección
(reza): yo
por ti de
dril y tú
por todos
nosotros
de novia
vestido
el esqueleto
inmediato.

«La memoria –dice Walter Benjamin-se asemeja a los rayos ultravioleta capaces de detectar aspectos nunca vistos de la realidad»[2]

Esto podría decirse en general, un concepto. Pero, ¿cómo desborda Kozer la singularidad intransferible de su vocación?: el ritmo de esa memoria, su pie en el presente, su abrir caminos intempestivos en un mundo petrificado, es objetivamente politizadora de la corporalidad de un decir fiel a la demanda que se le hace en tanto que rehén y testigo, últimas, estas, condiciones de la experiencia. Kozer lo logra: alcanza singularidadylenguajeal punto de poder hablar en su nombre sin ser el centro de irradiación de su escritura. Y lo advierte, y se retira de la escena: el principio de sus poemas, aun con un humor que se mofa de toda sublimación, no es él mismo, sino la vida dañada, el sufrimiento tras una risa desencajada.

El Otro en el mismo puede hablar, entonces, en el día de la víspera: nerviosa respiración que se realiza en la verdad de lo particular absoluto y dialéctico; en epifanías y apariciones, armónicos de una fecundidad encarnada el milagro prolífico de lo cotidiano, en una atención obsesiva, urgente, al detalle, al pliegue infinito y la revelación de las cosas del mundo, aun a la recordación de no lo vivido, de lo no conocido, de lo no sabido, para que, en expresión de Benjamin, «nada se pierda»: José, en «Gramática de papá»:

 

Había que ver a este emigrante balbucir verbos
de yidish a español,
había que verlo entre esquelas y planas y
bolcheviques historias
naufragar frente a
sus hijos,
(…)
hijos poetas producía arrinconando en los entrepaños
del número y desencanto
de las negociaciones,
y ahora sus hijos lo dejaban como a un miércoles
muerto de ceniza
sus hijos se marchaban hilvanando castellanos
ligerísimo sus hijos redactando una sintaxis purísima
padres a hijos delatando la suprema exaltación de las palabras
húmero el emigrante se encogía entre los últimos
desperfectos de su
vocabulario rojo,
último padecía siempre impedido entre las
lágrimas del Niemen,
fin de Polonia.

No cabe en la poesía de José Kozer el desdén ontológico de lo mortal. Es lo que hace la poesía de hoy, o lo que se dice poesía: elocuencia, aun memoriosa, en el mientras tanto de lo abominable; el lenguaje, entonces, asume esa misma condición: olvido, acallamiento, mutilación apenas, a modo de estética o técnica del efecto poético. En vez, aquí, en Kozer, el tiempo está vivo en lo nombrado. Se hace verbo que aguarda: es la disposición ante la lengua, ante las palabras, ante la sintaxis, la puntuación y una forma de decir que viene de fuera, esto es, que no está centrada en el poema sino allí hacia donde éste se dirige.    

Solo volviendo la mirada es posible nombrar, en verdad: en la poesía de Kozer, memoria y justicia (poética) van juntas.

por Fernando Herrera, abril 2016

[1] Reyes Mate, «Retrasar o acelerar el final. Occidente y sus teologías políticas», págs. 27-63; en Nuevas teologías políticas, Reyes Mate y José A. Zamora (Eds.), Anthropos, Madrid, 2006.

[2] Walter Benjamin, Gesammelte Schriften, IV/1, p. 142.

Leave a reply