Palabras de Emmanuel Taub en la jornadas de poesía
En octubre 17, 2016 | 0 Comentarios

I.

 

“Cantus firmus”, o sea Canto fijo” en latín, nos dice Fernando Herrera al iniciar las páginas de su poemario, es el significado de una “melodía preexistente, como un extracto de canto llano que sirve de base para una composición polifónica (aquella que consiste en varias voces o partes independientes” (p. 6). Esta cita inicial pero también esta indicación, nos marca el camino de los poemas que encontraremos: poesía como un eco que viene de otro tiempo, de otras voces que se entretejen y entrecruzar, una poesía atemporal sobre la base de una musicalidad que nos lleva a lo largo de estas páginas.

Fernando Herrera compone sus poemas sobre la base de una musicalidad atrapante, karmática, entre voces que desfilan y nos desafían por la historia, entre lo bíblico y lo moderno. En esta multiplicidad de voces que se hablan, que nos llevan por una tierra desolada, resuenan las discusiones talmúdicas, la poesía de Edmond Jabès o, más aún, esa multiplicidad de formas que es el Libro de los pasajes de Walter Benjamin.

Ritmo, música, voces como pequeños pasos que suben y bajan. Imágenes que van y vienen, que acontecen. Escribe Herrera: “Imagen retirada: // nos trae, / de su quita, // nos / parte. // (Por el sendero / baja, // huye // entre las piedras): // heme aquí” (p. 17). Por su poesía Herrera va tejiendo capas de voces en donde el relato se convierte en un palimpsesto: en lo de afuera se oculta lo de adentro, como una poesía marrana. Dice Herrera: “Las lápidas resisten / en la / mesa // servida // Del que fue / del que es / del que viene. // Otro costal, / marrano” (p. 18).

 

II.

 

En sus Elegías de Duino, Rilke escribe: “¿Quién, si yo gritase, me escucharía / entre la jerarquía de los ángeles? / Y aun cuando en su propio corazón / uno de ellos me estrechara, yo sucumbiría / ante su existencia más fuerte. Pues la belleza / no es sino el comienzo de lo terrible, / que apenas soportamos. Y si la admiramos / es porque por desdén no nos destruye. / Todo ángel es terrible” (p. 17).

Las voces de los poemas de Herrera también podrían ser las voces de los ángeles en sus disputas celestiales. Y sobre esta teatralidad, entre los versos, revisan la historia de la Creación. Juegan en los jardines del Génesis: la otra creación, el lenguaje poroso, “poroso era el agua / que nos dieron / al llegar” escribe Herrera (p. 22). Pero también la muerte de Caín, “a rompiente / apenas / logra / decir / ¿Dónde está tu hermano?”.

Jugar entre las palabras del relato de la Creación, es jugar entre las palabras de lo narrado, de lo revelado. Reescribir la Creación como quien vuelve a nacer, venganza del ángel terrible, del dejado al costado en la Creación. Si la historia del mundo es narrada nuevamente por el ángel que ha caído, el ángel terrible, entonces la historia es el relato de la humanidad en su caída. Escribe Herrera: “A ti caes, / tú caes, / caerás. // De la pobreza / vienes. / ¿Adónde? // Separado / de los salmos // el día” (p. 30).

Y también escribe: “Al otro lado de Getsemaní // pedazos / del reino / apilados. // Un clavo, en la mano cerrada, / de ti / tus ruinas // No matarás” (p. 40).

La poesía es el lenguaje que le da voz a la naturaleza, al mundo y a los ángeles caídos. La poesía los hace hablar, los saca de la cosa, los vuelve palabra viva. Dice Herrera: “A quien guíe / el extravío. // A quien entre. // En las afueras, / el viaje / al final // del trayecto: / casa de oración, / templo, / libro.” (p. 47).

El libro también es un templo, o un hogar.

 

III.

 

A veces juego entre las voces de los libros que voy leyendo. Y busco claves o señales entre sus páginas, entre sus versos, en los espacios en blanco. Es una mezcla entre mística y neurosis, o el límite para no terminar de perderme en las palabras de los otros: entre las voces fantasmales de los escritores muertos y las voces hermanadas de mis contemporáneos.
Pensé entonces en los primeros versos de cada poema de cada parte de Canto fijo, y allí encontré:

“Ayunar / con la otra mejilla”;

“Primer plano: // hay modos / de la justicia / en cada uno / de tus cabellos”;

“Un miligramo: // la narradora habla / hasta que de niño / me convierto en rabí”;

“La culpa nos abandona, / déjanos”;

“Dosis bajo el pantano, / habla”.

La otra mejilla que damos ante el golpe, el ayuno para volver a caminar por los camino transitados, por los caminos narrados que nos construimos en ese narrar. El destino de rabino, el Cristo y el tiempo del mundo, de la historia. La culpa como cruz, como ancla, como faro: atrás nuestro, sobre nosotros y en el horizonte. La culpa que exclamamos que nos abandone. Porque la vida es como el pantano que escribe Fernando Herrera y el camino es en este podredumbre, “en tierra arrasada / el peligro / crece” (p. 101), nos dice en otro poema. Porque una chispa de poesía, un poema, el dolor o el amor, nos muestra ese instante en el que estamos vivos.

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