Sobre Crudas de Paz Busquet por Mariano Dorr
En abril 28, 2016 | 0 Comentarios

En la portada del poemario vemos una imagen difusa que se desambigua una vez que hemos leído la primera parte del libro, “Paisajes de infancia”. Se trata, ahora sí indudablemente, de un alambre de púas. Pero no es un alambre de púas electrificado, es el alambre que demarca una propiedad privada, un espacio de explotación ganadera. La sexualidad, el ocio, el juego de las niñas en el desierto, abren un espacio poético a la búsqueda de imágenes pregnantes, crudas. Poemas con niñas animales, niñas liebre, niñas perro, niñas gusano, niñas yegua, niñas res: “esa caricia hace gotear / mi lengua”; “Y su silueta te parte / en dos mitades / simétricas”; “Nos escondemos de alguien / en la balanza para vacas”. Una tarde, las vacas rodean a las niñas que se demoran jugando entre máquinas de cosechar oxidadas, se quitan la ropa (roja, sangre) y escapan desnudas entre la hierba. Los perros son castigados por morder a las gallinas y la poeta, unas páginas antes, confesaba: “Nunca me pegaron con un cinturón”. Ahora ruega: “Castigame igual que al perro / que muerde gallinas”. El tiempo, los años, pasan… mirando las baldosas en la casa del campo.

La segunda parte, “Niñeras”, se deja leer en continuidad con las temáticas ganaderas o lecheras de la primera parte; cuando las niñas no están rodeadas de animales y horizonte, las empleadas domésticas se roban la escena. Mientras a una la bañan en agua fría (“por ser rebelde, dijo”) la hermana –la voz- espera desnuda en el pasillo. A veces, las que cuidan de ellas son al mismo tiempo niñas que juegan a cuidarlas, aunque con enormes tetas en camisones transparentes. Las niñas las aman, las “m(aman)”, pero las niñeras piensan en los hijos que las esperan en Bolivia. Algunas se convierten en formadoras de carácter: “Me enseñaste a maquillas / sin pintura, a vestir sin plata / a tratar a los tipos, / a usarlos y dejarlos ir […] / que no es vergüenza / calentarse y calentar. / No hay que pagar / el orgasmo con hijos, / el placer con maridos”, dice ZULLY. Drogas, amantes urbanos, otras veces en el campo. Niñas observando cada detalle de sus empleadas apasionadas cuyo trabajo era cuidarlas de todo, incluso de lo que al mismo tiempo no pueden dejar de enseñarles.

La tercera parte se ocupa de la muerte del animal, “Matar y morir”; crías de liebre son arrancadas del vientre con el corazón latiendo; un perro se pierde buscando el rastro de una perra en celo y aparece más tarde ahogado en un tanque. Hay pozos en el campo, cavados para enterrar cachorros vivos. Aparece también la cacería de nutrias y patos, la pesca, actividades deportivas que arrojan muertos. Finalmente, la voz que canta se pregunta si un aguilucho, al morir reventado contra el parabrisas, muere del mismo modo en que muere “un hermano, un genocida, / una nena en el invierno”. En la cuarta parte, “Prioridades y olvidos”, las niñas recrudecen: mientras la madre le da la teta (blanca) a una hermanita, la más grande quiere probar la leche, y la madre accede ordeñándose en un vaso hasta derramarse las manos. En “Voces”, Busquet describe una especie de origen de su condición de escritora: “De chica escribía cartas a mis hermanas, / me hacía pasar por duendes. / Les dejaba fotos, regalos, historias / […] esperaba encontrar / los duendes que había inventado, / que las miles de cartas fueran ciertas”. El poder de la correspondencia, escribe. La creación de voces como forma del deseo escondido. ¿Qué es la correspondencia cuando el que escribe no coincide con quien firma la carta? La poesía de Paz Busquet es también esa asimetría, esa no correspondencia, en donde la vida se llena de animales y tiempos muertos, incestos, búsquedas en el pasado, texturas. En particular, el pelo, la cabellera, los mechones trenzados que cubren la piel de una mujer que parece estar siempre desnuda.

            por Mariano Dorr, 2016

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